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El ensayo de Paolo Legrenzi, ya comentado y reseñado por LEER, Por qué las personas inteligentes cometen estupideces (Crítica, 2011), parece tener un correlato estadísticamente aún más concluyente si a los que se enjuicia son algunos especialistas, estudiosos o eruditos –no necesariamente inteligentes–, y podría intitularse: Por qué los estudiosos cometen tantas estupideces.
La mención surge al recordar la gran escandalera política y mediática organizada en torno al magnífico Diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, RAH (de la que me ocupaba en mi “Carta” del pasado número 224 de esta Revista), suscitada por la polémica entrada biográfica de Franco, firmada por el académico, y gran estudioso de la vida y obra del Generalísimo, Luis Suárez.
Son ya numerosos los observadores que entienden que el ominoso escamoteo de la definición de dictador y dictadura a la hora de catalogar a Franco y a su régimen militar, el franquismo, no ha sido algo casual ni fortuito, sino algo urdido en oscuras zahúrdas para proporcionar intencionadamente carnaza a los organizadores de una campaña de entonación fascista, orientada a descalificar y demoler el todo a partir de la parte, ínfima, insignificante, contra una obra por otra parte excepcional como es el Diccionario citado. Que, además, si de algo peca es justamente de lo contrario, de estar en los contenidos de sus cincuenta volúmenes y más de 40.000 páginas deslizada hacia una tonalidad de izquierdas, en sintonía con la propia personalidad de Gonzalo Anes, director de la RAH y alma e impulsor principal del Diccionario, que fuera uno de los fundadores de la ASU socialista en sus años universitarios.
Aun sin considerar la muy verosímil hipótesis de las razones ocultas para señalar a Franco y su régimen como sistema simplemente autoritario, la personalidad del autor, cuya copiosa obra sobre Franco se reedita estos días (Ariel, 2011), entraría dentro de ese vicio al que sucumben los alevines de periodistas con escasa experiencia profesional, lance que en las redacciones se define burlonamente como “enamorarse de la fuente”. Podría, pues, decirse, según este enfoque, que Luis Suárez, de tanto estudiar a Franco, de tanto preservar su legado en la Fundación que lleva el nombre del dictador, acabó “enamorándose de la fuente”, del objeto de su estudio, hasta no advertir lo que cualquiera puede ver a la luz del más elemental conocimiento y sentido común.
No ha sido el de Suárez único caso del estudioso, del erudito que desbarra en su apreciación al enjuiciar la obra de su biografiado.
También puede producirse el caso contrario, el erudito que, a la hora de estudiar y valorar una personalidad y su obra, se deja llevar por sus propias supersticiones intelectuales, sus manías religiosas o sus impulsos más conservadores y arremete contra alguien, en este caso tan unánime y universalmente reconocido y elogiado como Desiderio Erasmo de Rotterdam, uno de los más grandes pensadores y humanistas del Renacimiento, cuya influencia intelectual se extendió por todo el orbe cristiano.
Y que se enfrentó, desde su sabiduría, independencia intelectual, inteligencia y propuestas morales, a la todopoderosa Iglesia de la época –que, curiosamente, nunca abandonó, lo que le ocasionó también la animadversión de la Reforma, de luteranos y calvinistas–, que denunció la corrupción de las estructuras del poder eclesial y se enfrentó a la Inquisición (tras su muerte, su obra acabaría en el Indice de libros prohibidos del Santo Oficio).
Menéndez Pelayo
El ejemplo del gran humanista me llevó a tomar su nombre como seudónimo –Erasmo– en 1998 y, desde entonces, aparece cada día una columna firmada así en las páginas de opinión del diario El Mundo. Esta Casa, por su parte, ha publicado ya dos libros-antología con las columnas de Erasmo.
No sólo su ejemplo me aconsejó adoptar tal seudónimo. También contribuyó a ello recordar las feroces invectivas contra él por parte de uno de los más grandes estudiosos y eruditos españoles de todos los tiempos, Marcelino Menéndez Pelayo, el famoso polígrafo cántabro, el catedrático de Universidad (Madrid) más joven de la Historia, a los veintipocos años. Y autor de una de las obras que sobrecogen por su enciclopédica grandiosidad y erudición, de la que tanto se han servido tantos durante tanto tiempo y a quien tanto deben algunos autores. Hablo de su monumental Historia de los heterodoxos españoles.
En el primer volumen de una posterior edición de la obra (BAC, 1998), el gran erudito conservador reconoce en Erasmo “sus méritos muy reales, que nadie niega”, y compara su influencia a la ejercida por Voltaire en el siglo XVIII. Después le considera un escritor filosófico insignificante (sic) “por haber atacado con todo linaje de armas satíricas y envenenadas los que él llamaba abusos, vicios y relajaciones de la Iglesia”… La corrupción en el seno de la Iglesia, sus poderosas estructuras, eran para Menéndez Pelayo figuraciones malintencionadas de Erasmo. Incluso, llega a realizar descripciones derogatorias y despectivas del carácter y personalidad de Erasmo, al que denigra como débil, inseguro y dubitativo, de “carácter irresoluto y tornadizo”. (En el lado opuesto, por cierto, la reciente e inquisitorial decisión, por fortuna no consumada, de un alto cargo de este Gobierno, que trató de retirar la estatua de Menéndez Pelayo de la Biblioteca Nacional de Madrid).
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| Erasmo, el espíritu del gran humanista defensor de una idea
de Europa unida, podría ser representado por este ala de
carraca (ave europea, hoy en peligro de extinción) pintada
por Durero, que también hizo a Erasmo protagonista de sus
grabados. |
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De nuevo, Menéndez Pelayo es un ejemplo de cómo la erudición y los prejuicios ideológicos pueden nublar el sentido común y el entendimiento de un intelectual, incapaz de llegar a comprender y admitir desde su conocido integrismo religioso no ya el colosal alcance e importancia histórica de la Reforma en el seno de la Iglesia, ni siquiera el significado filosófico, cultural, religioso que Erasmo tuvo y aún tiene, tal como hoy es universalmente reconocido.
Seguramente el polígrafo cántabro se habría sorprendido si hubiera sido capaz de viajar en el tiempo y adentrarse en los estudios sobre Erasmo como pensador europeo, sobre el erasmismo en España, sobre la influencia de Erasmo en Cervantes –véanse los trabajos ya clásicos de Marcel Bataillon o de José Luis Abellán al respecto–, su idea de una religión de base, de feligreses, alejada de las dictatoriales imposiciones de la jerarquía, más cristiana que católica, y la figura del protagonista de la obra española más universal, El Quijote, inspirada por esa irrepetible y burlona quintaesencia del pensamiento erasmista que es el Elogio…
Erasmo, periodista
Su obra va de lo más profundo, de la indagación y traducción de textos sagrados a partir de sus lenguas originales, de la discusión teológica o de la crítica a los hábitos de la Iglesia, a las costumbres o el comentario jocoso de los aspectos más aparentemente triviales y populares. Su habilidad en el manejo de la lengua latina junto con su espíritu viajero le proporcionaron una gran fama en toda Europa. Puede decirse que fue un primer periodista viajero, con una idea innata del suceso informativo. Su vindicación de un sentido lúdico, festivo, risueño, epicúreo –amante de la buena mesa, de los vinos de Europa– de la existencia aplicado a las tareas intelectuales y del conocimiento se adelantó a tantos. Al penúltimo, Chesterton –“lo divertido no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido”–, y hasta a las analogías fonéticas y los juegos de palabras polisémicas que el periodismo anglosajón –el americano especialmente– han diseminado por los periódicos de todo el mundo, algo que ya está en el título de su Elogio…. En griego, su Morias Enkomion, Encomio de la estulticia, con el que hace un divertido guiño, un risueño juego de palabras con Morias y el apellido de su gran amigo, al que dedicó la obra, el inglés Thomas More, en latín Thomas Morus, Tomás Moro.
Libertad de pensamiento
Y, sobre todo, Erasmo es, antes que nada, la libertad de pensamiento y de palabra, sin trabas ni mordazas, entonces las del Santo Oficio, hoy las de los nuevos y muy variados inquisidores que urden mil argucias para someter, amordazar, burlar y esclavizar a sus semejantes, que parecen seguir encontrando en suelo español su solar favorito donde convertir en papel mojado las Cartas de Derechos Humanos que reconocen y protegen tan justos e imprescindibles principios en los que asentar lo más digno de la entraña y condición de los hombres.
Al observar con asombro, y con tristeza, los niveles de vileza, de infamia a los que han llegado algunas personas, sus burdas y tramposas coartadas intelectuales para justificar conductas censoras y alineamientos políticos, cobra todo su sentido anticipador y profético la frase con la que Erasmo, en carta a Tomás Moro, explicó la razón de su negativa a una de las muchas invitaciones del cardenal Cisneros para que visitara nuestro país: “Non placet Hispania”
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