Spinoza es un autor extraño. Sigue siéndolo tres siglos y medio después de su muerte. La enigmática sonrisa del judeus ac atheista, que invocaran sus contemporáneos, del “ateo de sistema” o el “ateo virtuoso” cuyo arquetipo alza Pierre Bayle, se perpetúa en esa espiral laberíntica de la cual no hay manera de salir. En filosofía hay sólo dos caminos: Spinoza o el abandono de la filosofía (…)