No existe ningún país democrático occidental que cuente con una galaxia televisiva como la española. De ella parece haber desaparecido cualquier tentativa cultural. Los debates más o menos independientes y de cierta altura intelectual han sido sustituidos por espacios de sal gorda cuyo sustento esencial se alimenta del griterío, la imprecación, el insulto y la descalificación. Las frecuentes campañas político-propagandísticas y los linchamientos mediáticos –lo que ha llevado a un conocido jurista a hablar de una “nueva criminología” que contempla la llamada “pena de televisión”– parecen ser las nada envidiables señas de identidad de las televisiones españolas de hoy.
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