“¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes/ angélicas? Y aun si de repente algún ángel/ me apretara contra su corazón, me aniquilaría/ su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada/ sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces/ de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente/ desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible”. El estupor ante lo angélico sella un pánico primordial (…)