Se habla del poder evocador de la música, o del de los olores, pero nada dispara los mecanismos de la memoria con tan prolija intensidad como los fallecimientos de los amigos, de los correligionarios, de los simples conocidos, de los meros contemporáneos, incluso. Advertimos el paso del tiempo, imperceptible en sus fragmentos más infinitesimales, cuando súbitamente aparece un obituario como todo un “cambio cualitativo”.
Texto íntegro
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