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Diciembre-Enero 2009
Año XXV

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La conversación
por José Luis Gutiérrez
José María Pérez, Peridis
El arquitecto agnóstico que reconstruía iglesias amorosamente
En el escaño toma asiento este señor inusual, simpático, calvo, feo, agnóstico, sentimental. Y trabajador incansable, otro stajanovista. Es la encarnación de un cierto y presentido sesentayochismo y por partida doble.

Pues su edad así lo atestigua: confiesa 68 recién cumplidos, y por tanto miembro de la generación del guarismo mítico, la del 68 parisino de la arena de la playa debajo de los adoquines, del “Prohibido prohibir” como educación sentimental que tantos ideales, ensoñaciones, decepciones, desamores políticos, estigmas, quebrantos, sobresaltos biográficos suscitó. Yotro distintivo generacional: casado en segundas nupcias en 1987 con una mujer mucho más joven, Leticia, historiadora del Arte y actual comisaria de exposiciones en el Museo del Prado, con la que tiene tres hijos.

¿Qué hace aquí en este apacible escaño de conversador? Digamos que cumple los requisitos requeridos en estas conversaciones, el estrictamente periodístico –la famosa “percha” informativa, en este caso la publicación de un libro, o un tomo más de una obra enciclopédica: de ella hablaremos– y, también, el sentimental, el reencuentro y la evocación de José María Pérez, arquitecto, recuperado en el rescate de senderos vitales, cruces de caminos que se bifurcaron y que vuelven a reencontrarse, amigos, conocidos comunes, territorios biográficos compartidos.

José María Pérez, arquitecto. De la misma promoción en la Escuela de Arquitectura madrileña, la “Promoción 120” –inmortalizada en un curioso librito de caricaturas de todos sus miembros, incluidos los matriculados “libres”–, de aquel “Rat Pack”, aquella gloriosa “Pandilla basura” conocida como Los Monroe –entre otros, Ramiro Martín, Jacinto Pico, Paco Peñaloza, triste, prematuramente desaparecidos estos dos últimos–, acaso el grupo más célebre, juerguista y subversivo de la universidad madrileña de los últimos años sesenta y primeros setenta, con quien este conversador compartió tantas vivencias en torno al rugby, las vigilias interminables, las majestuosas borracheras estudiantiles, incontables veladas de jazz, jam sessions y otros entretenimientos after hours muy mal vistos por el pensamiento políticamente correcto de entonces. José María Pérez, arquitecto.

Curiosidad

Señor singular, ya he dicho, de personalidad sin duda poliédrica, de esos seres aproximadamente renacentistas cuya curiosidad les lleva a interesarse con razonable pasión por muchas cosas a la vez. The New York Times se ocupó precisamente en un largo estudio de tal biotipo. José María Pérez, arquitecto.

Fue, también, alma de aquella serie de TVE sobre el arte románico que él dirigió y presentó, que le hizo sin duda popular –aún le saludan por la calle, ese rito inocente de los autógrafos–, recorriendo basílicas, colegiatas, iglesias, monasterios por media España, conventos, catedrales, templos, en la otra media. Su amor y respeto por el Románico trascendía e iba más allá de la comprensible y prevista pasión del arquitecto con corazón por piedras, arbotantes, ménsulas, ábsides o capiteles, al afán enamorado y minucioso del restaurador para preservar construcciones medievales que los siglos habían ido desgastando y derruyendo. El corazón del arquitecto.

Enciclopedia

Quizás sus primeros juegos infantiles, en un grandioso monasterio semiderruido y abandonado, El Convento Caído, el Monasterio Santa María la Real en la palentina Aguilar de Campoo –el olor a trigo tostado de las galletas de la localidad palentina, su segunda patria chica, donde llegó desde la santanderina Cabezón de Liébana–, que andando los años el arquitecto reconstruiría primorosa, amorosamente y, por ello, obtendría el premio a la restauración monumental Europa Nostra, entregado por la Reina Sofía en julio de 1988. Alma y creador de las Escuelas Taller –“he fundado cinco en Senegal”–, de fundaciones, de la Enciclopedia del Románico –libros impecables, de gran formato, papel y encuadernación excelentes (100 razonables euros cada volumen), fotografías de rara calidad, planos detallados de cada monumento, estudios y explicación histórica y arquitectónica de todos y cada uno de ellos.

Busdongo

Los tomos números 31 y 32 dedicados a Guadalajara acaban de ver la luz. Es ésta una obra magnífica, que acaso ni siquiera su creador alcance a ver toda su importancia. Porque la primera condición que se requiere para preservar el valiosísimo patrimonio artístico de España es conocer al detalle su existencia. Y José María lo ha logrado, poniendo, no su granito de arena, sino sus grandes y doradas sillerías, con respecto al Románico.

Y un ejemplo formidable, tan cercano a este conversador, el de la colegiata de Santa María de Arbas, en Arbas del Puerto, bellísimo templo románico del siglo XII, de sillería parda y proporciones inusitadamente elegantes y contenidas. En la cúspide del Puerto de Pajares, ese brumoso Machu Pichu astur y aproximada Tierra Media, a un tiro de piedra de Busdongo de Arbas y de la casa donde vi la primera luz. Aesta bella colegiata le dedica la Enciclopedia del Románico 17 páginas de textos de honda erudición e investigación arquitectónicas, excelentes fotografías, exactos y minuciosos planos, plantas, alzados, fragmentos, detalles.

Y más, hay otros Pérez en este Pérez, con su peripecia personal entrelazada en tantos ballestrinques biográficos comunes con quien esto firma. De entrada, también nació entre altos riscos y montañas ante los ojos vírgenes y deslumbrados del José María niño, en Cabezón de Liébana, los Picos de Europa, con su orográfico fervor de Himalaya hispano, coronados de nieve. Sus progenitores, gente pobre pero sin duda honrada. Su padre, Froilán, guarda forestal ataviado con el preceptivo fusil mauser –el mismo que utilizaba mi generación, y la anterior de José María, para hacer la instrucción– entregado en depósito por el régimen aquel de Franco para que preservara de furtivos los montes, su madre, Teodosia, devota del Corazón de Jesús. Posteriormente, Froilán abandonaría el mauser de guarda forestal –que acabaría arrojando al río Pisuerga– y se dedicó a obtener cal en un calero, cuando en la España miserable y paupérrima del aislamiento y la autarquía el cemento escaseaba tanto que lo expendían en las joyerías, como la ternera, los títulos de ingeniero de caminos o el jamón serrano. José María describe sencilla y claramente el proceso de obtención de la cal viva, utilizada en tantos menesteres, como la desinfección y, al contacto con el agua, al convertirse en cal apagada, como material de construcción para encalar, hacer morteros o preparar estucos.

“SP”

La lejana “SP” de Rodrigo Royo –en la que este conversador hizo sus primeras armas periodísticas durante escasos meses, antes de ejercer como corresponsal de la revista en México durante casi dos años–, semanario del que nació el efímero diario del mismo nombre en el que José María Pérez estampó fugazmente su firma durante breve tiempo –por allí también andaba entonces Máximo San Juan–, hasta que decidió interrumpir su colaboración cuando advirtió que alguien cambiaba el contenido de sus fumetti. Y hasta que, cierto día, Juan Luis Cebrián me mostró en la redacción de la magnífica y ya desaparecida revista “Gentleman” una serie de dibujos mínimos, escuetos y lineales, caricaturas “geniales” –fue la palabra que usó Juan Luis, entre risas, para definir aquellas tiras limpias, inocentes, de trazo finísimo e ininterrumpido, sin adherencias gráficas ociosas, como si su autor hubiera trazado las siluetas sin levantar la punta de la plumilla del papel, como la tijera vertiginosa de los habilidosísimos “retratistas” callejeros chinos que en apenas un minuto recortan en una cartulina negra el perfil exacto del turista y ocasional modelo que posa ante ellos.

José María Pérez había dado el primer paso para que su segundo o tercer “Yo” compareciera ante la opinión pública antes de pasar a la posteridad: había nacido Peridis –alguien le motejó así, como evolución fonética de su Pérez y en recuerdo y honor de un jugador de fútbol portugués–, con su bestiario amable y aproximadamente respetuoso, sin la menor concesión a los impulsos feroces, carnívoros, que anima a otros cartoonists. Porque este Peridis es hombre de pactos, acuerdos y sosiegos, tendente a llevarse bien con todo el mundo, conciliador, en el que se advierte esa autosatisfacción discreta de quien se permite tratar con amistosa familiaridad a los poderosos, él mismo lo es, que goza de gran bienestar económico, sin alardes ni pueriles exhibicionismos.

De los humoristas de su periódico, El País, actualmente forma parte de la tripleta de honor junto con Andrés Rábago, El Roto, Ops, etcétera, y Antonio Fraguas, Forges, tan distintos entre sí, tan similares también. Junto al incomprensiblemente postergado Máximo San Juan, Máximo –actualmente en el diario ABC–, acaso víctima de esa despiadada guillotina generacional que alguien ha puesto políticamente en marcha en pos de mentes más vírgenes y menos sobreabundantes y rebosantes de sabiduría, memoria y capacidad de evocación, y por tanto más fácilmente influenciables. Y hasta una efímera estancia en el diario de Miguel Yuste de Gallego & Rey. Distintos y similares. El Roto, un hermético, lacónico Ionesco con lapicero, Forges, todo un clásico ya, popularísimo, más elemental y por ello más eficaz, hasta cuando opera como subagente proveedor de sugerencias para algunos colegas más necesitados de ideas a la hora de enjuiciar la realidad de cada día.

Quiero decir que en Peridis se da esa primera esencia del impulso artístico, afianzado en el doble trazo aristotélico de fondos y formas, y alcanza luego a la pauta marxiana de Luckacs –autoconciencia de la realidad– y al criterio semántico de signos orgánicos que forman toda tentativa artística para otro clásico, Galvano della Volpe.

“Cronos”

Su espontánea honestidad intelectual al confesarse seguidor y hasta imitador de Cronos –caricaturista del primer diario Marca, donde comenzó a colaborar desde el primer momento de su fundación, en 1938; seudónimo de Carlos Méndez López, que llegaría a ser subdirector de este legendario periódico deportivo, fallecido en septiembre de 1995, con 82 años–, algunos de cuyos dibujos se parecen como gotas de agua a los de Peridis, aunque carecieran de la carga política que estos en cambio acreditan. De la razón mecánica de los inocentes y descomprometidos trazos de Cronos a la razón dialéctica de José María Pérez –este número de LEER se ocupa precisamente del tercer volumen de las Obras completas de Tierno Galván; una de las más relevantes y conocidas es, sin duda, su Razón mecánica, razón dialéctica–, plasmando sus muchedumbres de apacibles enanos y animalitos bidimensionales –como los minúsculos y asexuados bichitos de Oliphant–, transportando en su seno, habitados por el suave pero inequívoco discurso socialista de este Pigmalion cántabro-palentino. De las inocentes y descomprometidas caricaturas de Cronos, desde el brechtiano trazo formalista como diversión, al discurso y su compromiso, de los calígrafos a los contenidistas de Antonio Gramsci.

Peridis, biógrafo y también autobiógrafo. Ha publicado sus memorias, ingenuas, adorables en ocasiones, razonablemente sinceras, sin duda exudando una cierta autosatisfacción, animadas del mismo espíritu que aquel A good life (Una vida plena) de Ben Bradlee –el formidable editor in chief de The Washington Post que desveló el “caso Watergate”–, que muestra su satisfacción por la obra realizada, los proyectos de casas prefabricadas con estructura de madera –aquella inolvidable secuencia de la construcción del granero en las montañas de Oregon, entre pugnas de labriegos y las cabriolas circenses de Siete novias para siete hermanos mientras alzaban y claveteaban cerchas y techumbres de pino recién talado–, las Escuelas Taller, cientos de operarios y titulados sin trabajo rescatados del desempleo. El cabo Caricaturas (Ediciones Valnera; Cantabria, 2006), marbete inequívoco que sugiera otra historia de la puta mili o, acaso, y en el caso de Peridis, del bendito servicio militar, en su caso en el Ejército del Aire, donde simultaneaba sus servicios a la Patria con las clases de Arquitectura. José María, recientemente pude asistir a una visita privada, auspiciada por la Fundación de Amigos del Museo del Prado –visita en la que precisamente coincidí con el reciente académico leonés José María Merino y su mujer, M. Carmen–, a la grandiosa exposición de Maíno… (…)

 



 
Estudio David Navarro