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Recordaré un epígrafe muy extendido, utilizado por conjuntos musicales o clubs recreativos, o por el libro de Juan Ignacio Luca de Tena –en una página de venta de libros por Internet le “catalanizan” el nombre, Ignaci– Mis amigos muertos (1972).
Es esa sensación que se alcanza a ciertas edades aproximadamente provectas cuando los teléfonos dejan de sonar y las agendas adelgazan.
Los amigos que siempre fueron, que siempre han estado ahí, súbitamente dejan de estar, se van, desaparecen.
El pasado 18 de mayo, en el Senado, tuvo lugar, en el ámbito de un seminario impulsado por el senador socialista Antonio López Pina en torno a la Generación del 56, que ilustró, con su brillantez expositiva y su gracejo castizo habituales, el catedrático –el polígrafo, habría que decir, dado el amplísimo espectro de saberes que abarca– Ramón Tamames, también colaborador ilustre de LEER, como es sabido.
Intervenía Ramón en el seminario en el que, desde el pasado mes de marzo, han figurado los nombres de los ex ministros Jorge Semprún, Miguel Boyer, en otros días personalidades como el catedrático y fundador, junto con Tierno Galván, del PSP Raúl Morodo, el ex ministro del Interior Rodolfo Martín Villa o el actual Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, entre otros.
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| De izquierda a derecha: R. Martín Villa, E. Múgica (Defensor del Pueblo), M. Marín (presidente del Congreso), F. Sánchez Dragó, P. Lizcano, R. Tamames y J.L. Gutiérrez en una de las salas de la Cámara Baja, tras la presentación del libro “La Generación del 56”. |
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Pues bien: nadie se acordaba de la famosa Generación del 56 –existe controversia sobre el autor de la acuñación, que se atribuye a Lizcano– hasta que la Editorial LEER, en el año 2006, rastreando los orígenes de la transición española, reeditó un libro de 1981 ya descatalogado, una auténtica pieza maestra del mejor ensayo político, del más riguroso y serio de los empeños periodísticos, al amparo del cincuenta aniversario de aquellos sucesos que fueron, 17 años después de finalizada la Guerra Civil, la primera gran crisis de la dictadura de Franco, con la dimisión de dos ministros, autoridades universitarias, etcétera. Se trata del libro La Generación del 56. La Universidad contra Franco (Editorial LEER/Documento, 2006). Allí se tramó todo, en una característica e inteligente operación comunista –que comunista era ya uno de sus principales organizadores, Enrique Múgica, y Tamames, autor del primer borrador del Manifiesto que inició todo el proceso, entraría en el PCE poco después, de la mano de Múgica– en la que también participó otro destacado miembro del Partido, Javier Pradera.
El autor de aquel libro que trajo de nuevo a la actualidad aquellos sucesos que ahora analiza el Senado no era otro que Pablo Lizcano, un gran amigo y compañero de fatigas de los tiempos heroicos de “Cambio 16” –año 1976, cuando él llegó al semanario en el que este Editor ejercía como Subdirector–, casado con otra amiga, Rosa Montero, cuya intervención fue decisiva en su momento para persuadir a Pablo de la necesidad de reeditar el libro. Pablo nos ha dejado, a causa de una terrible enfermedad, a primeros de mayo de 2009. Gracias a Ramón Tamames, este Editor pudo intervenir brevemente, desde los escaños del público. Porque López Pina ni siquiera pensó en Lizcano –que estaba vivo cuando se inició el seminario del Senado– ni tampoco en su mujer, la escritora y periodista Rosa Montero. Sí pensó, en cambio, en el periodista Juan Cruz, que anunció una conferencia titulada Retrato de Manolo, una incorporación que nada tenía que ver con el asunto esencial del seminario. Ese “Manolo” –con inelegantes entonaciones, similares a “Manolo el del Bombo” o “Vente a Alemania, Pepe”– en el Senado, en un seminario para hablar de la Generación del 56, no deja de ser una extravagancia inexplicable. Porque “Manolo” no es otro que el desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, que no pinta nada en esta historia, que entonces apenas era un estudiante de Bachillerato, un adolescente de 15 años. Cosa de “cuotas”, supongo.
Pereira
Y otro de los amigos desaparecidos, el escritor leonés Antonio Pereira. Poco antes de su muerte recibí una llamada suya, para pedirme que pronunciara la intervención inaugural de un interesante ciclo de conferencias en la Universidad de León, en la Facultad de Filosofía y Letras y al amparo de la recién creada Fundación Antonio Pereira. Después, con el catedrático de la misma Universidad José María Balcels, estudiamos fechas y horarios, pero, lamentablemente, no pude participar según estaba previsto por tener las fechas disponibles ya comprometidas.
Poco después, Antonio nos dejaba.
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