Felipe González es un especialista en imaginar consignas que luego se afianzan como estados de opinión entre la ciudadanía, merced a su reiteración ‘ad nauseam’ y al subsiguiente y abrumador control mediático. A lo largo de los 13 años de Gobiernos de González se abusó ciertamente de este dispositivo.
Quizá uno de los casos más llamativos y jocosos fue el del Decálogo sobre política exterior lanzado por González al comienzo de su primer Gobierno, que el ya ex presidente Leopoldo Calvo Sotelo se ocupó de criticar con tono de mofa en un muy sonado debate parlamentario: no puede ser un Decálogo –apuntaba un burlón Calvo Sotelo, ya en los escaños de la oposición que correspondieron a los restos del naufragio de la hoy desaparecida UCD–, primero, porque no son diez las propuestas, y en segundo lugar porque ninguna de ellas es lógica.
Ahora, una nueva consigna circula por los medios y las librerías, entre periodistas, propagandistas o autores: la memoria. O, mejor, La Memoria. Y, para acompañar la consigna un proyecto que, al margen de su contenido y de los apoyos parlamentarios que obtenga –incluido el voto afirmativo de la oposición popular a alguno de sus contenidos, como el de la despolitización del Valle de los Caídos–, es una iniciativa conceptual y semánticamente fraudulenta, como todas las consignas que aquilatan realidades polisémicas y complejas en apenas dos o tres palabras. Digamos que las consignas –invento tan sistematizado por los totalitarismos de entreguerras, el fascismo italiano muy especialmente– tienen una finalidad exclusivamente propagandística y embaucadora, y “La Memoria” es la última.
La Memoria. Nada tan falso como esa Memoria que, aun sin caer en la idea trascendente de las tres potencias del alma –memoria, entendimiento y voluntad–, siempre es un atributo de los seres humanos tomados de uno en uno, una cualidad individual, nunca colectiva. La memoria colectiva se residencia en los libros de Historia, en los testimonios contrastados y plurales. Por ello, ahora la Memoria tan sólo es una etiqueta quintaesenciadora que acompaña a un proyecto de Ley–el de la Memoria Histórica– que tiene más de simple revisionismo y revanchismo históricos que de otra cosa, consistente en contar sólo lo que ocurrió desde una óptica limitada y hemipléjica. Y, de paso, desbaratar los delicados equilibrios alcanzados en la Transición.
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El “camarada”
De los Ríos
Y para hablar de la memoria colectiva, es decir, de la Historia, del ensayo histórico, me ocuparé de nuevo de un libro de indudable interés que ya fue recogido en esta Carta del Editor en el número anterior de LEER, el 186.
Se trata de la obra de César Alonso de los Ríos ‘Yo tenía una camarada. El pasado franquista de los maestros de la izquierda’ (Altera, Barcelona, septiembre 2007), una obra que me hizo recordar a Haro Tecglen, descuartizado literalmente en la obra de César. |
Este autor lleva varios años recopilando y contrastando información con sus propias conjeturas y densos conocimientos de la izquierda, para rastrear la presencia franquista, falangista, fascista, en los “maestros de la izquierda”, a los que no atribuye tanto un cambio de posturas personales hacia la conversión a los postulados democráticos, como una sutil y sostenida influencia desde sus orígenes totalitarios en la izquierda que ha venido.
Laín Entralgo, Antonio Tovar, el Padre Llanos, Torrente Ballester, Aranguren, Ruíz Jiménez, Areilza, el citado Haro Tecglen, Vicens Vives y sus entusiastas apoyos al Tercer Reich de Hitler, y, sobre todo, Dionisio Ridruejo, líder natural de todos ellos. O Antonio Saura, o el cineasta Bardem, o, el contraste más ruidoso, Alfonso Sastre, su tránsito desde el falangismo y el régimen de Franco a los aledaños de ETA, su encuadramiento actual, que De los Ríos explica como el tránsito entre dos totalitarismos. Para cerrar el libro con el epílogo dedicado a ‘Triunfo’, la revista de la izquierda por antonomasia durante la Transición, propiedad de Jo Linten, un hombre de cercanía al nazi belga Leon Degrelle.
En suma, todo un compendio de revelaciones y supercherías, algunas tan pueriles que configuran un fresco solanesco, todo un semblante de los bajos fondos de la supuesta izquierda española que hoy gobierna. El libro se lee apenas sin respirar, entre el estupor ante los límites a los que puede llegar el ser humano a la hora de engañar a sus semejantes y engañarse a sí mismos y la carcajada ante algunas de las biografías.
Algún escéptico, o algun malpensado, sin embargo, podría señalar que la obra está publicada en una editorial muy modesta, con una edición incompleta, apresurada y poco aseada, sin índice onomástico, incluso sin la preceptiva fotografía del autor que suele ser habitual en solapas y sobrecubiertas.
Y acaso pensar que el libro podría ser una obra-vacuna contra tentativas más minuciosas, detalladas y completas a la hora de describir el falseamiento de las biografías y de los orígenes ideológicos de tantos supercheros políticos. Yo, sin embargo, pienso que su autor sin duda completará tan esclarecedor empeño con ampliaciones y nuevos capítulos en futuras ediciones o, quizás, en futuros libros.
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El santoral comunista
de Tito Drago
El autor de este libro, ‘Cara y Cruz. El Che y Fidel’ (Sepha, Málaga 2007), es un periodista argentino muy conocido en los ambientes políticos y profesionales de Madrid, donde reside desde hace tres décadas. Aquí coincidió –e hizo buenos amigos– con los periodistas democráticos de la Transición, entre los cuáles está este Editor que les escribe.
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Con una silueta inequívocamente de izquierdas, pero respetado, Tito Drago –de él se trata– había militado ya en 1968 en el ELN creado por el también argentino Che Guevara, del que se desvincularía posteriormente al rechazar Tito los procedimientos terroristas, y tras exiliarse en Chile se alineó y colaboró con el gobierno socialista de Salvador Allende. Ha fundado y dirigido publicaciones, actualmente es corresponsal de varios medios en la capital de España y es asimismo autor y coautor de diversos libros.
Tito Drago ha sabido poner por encima de alineamientos políticos o ideológicos sus críticas a los totalitarismos y a la persecución de la libertad, como queda patente en su tentativa, no consumada, de interrogar a Fidel Castro acerca del enjuiciamiento y fusilamiento del general cubano Arnaldo Ochoa, entre otros.
Esta obra es otro ejemplo, en unos momentos especialmente interesantes por la enfermedad de Castro y por el aniversario de la muerte del Che. En ella se recogen testimonios y reflexiones que sin duda resultarán de gran interés para estudiosos, aficionados o simples lectores interesados en el asunto, que demuestra hasta qué punto ambos líderes revolucionarios estaban embarcados en itinerarios ideológicos y políticos diferentes y hasta enfrentados.
El propio autor, que en este libro se alinea claramente con su paisano el Che, lo sintetiza con estas palabras: “ Castro no vacila nunca cuando se trata de proteger sus propios intereses. Pasando por encima de la amistad, el compañerismo, la lealtad, las leyes y cualquier otra cosa que se le presente como un obstáculo, incluyendo la vidas de sus más directos amigos y colaboradores, con tal de continuar amarrado a su cargo. Y el Che era un escollo en su larga marcha de dictador”. |