Una tarde de invierno, de tristezas “arborescentes”, en la dacha de Majadahonda. La cristalera que daba al jardín proyectaba la única luz. La casa parecía una urna, casi una jaula para que el león lírico quedase expuesto en su propio hábitat como los pandas del zoo, mascando renglones en vez de cañas de bambú. Porque ahí estaba Umbral. No sabía, o se hacía el que no sabía, que le estaban mirando. Escribía con el atrezo con el que recreó su propio personaje: los pantalones rojos y el blazer, la Olivetti, la botella de Johnnie Walker sobre la mesa camilla, el sillón emannuelle y los retratos de Baudelaire y de González Ruano a modo de dioses tutelares (...)
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