Confieso –lo he escrito en otro lugar, en otras páginas de otro medio, que recabó mi opinión sobre la inesperada muerte del originalísimo escritor y columnista– que no sé muy bien lo que me impulsó a llevar a Umbral a la portada del Número 185, el Extraordinario de verano de LEER. El meticuloso dibujo de Ricardo Fumanal se ocupó de plasmarlo rodeado de gatos –él, tan amante de los felinos domésticos, emblema animal de la ciudad a cuyos habitantes dicen gatos– en un escorzo semionírico, ante el edificio Metrópolis, uno de los iconos urbanos de Madrid. Acaso una inconsciente premonición, quizás la misma que me llevó a incluir su irrepetible ‘Mortal y Rosa’ entre la decena de lecturas y relecturas para el reparador descanso del estío.
No lo sé. El caso es que Francisco Umbral falleció inesperadamente cuando LEER mostraba en los kioskos de España su rostro transformado en límpida máscara.
Paco, el “ser de lejanías”, sucumbió al cúmulo de enfermedades misteriosas cuando quienes le tratábamos, amigos y compañeros, entendíamos que sus achaques y dolencias aproximadamente crónicas eran en muchos casos simples enfermedades literarias, incluso que su faringitis perpetua no era otra cosa que una excusa clínica para ataviarse con la valleninclanesca bufanda blanca. Y resulta que no. Como bien conoce su viuda, María España, discreta, silenciosa, animosa, que nunca respondió a insidias y difamaciones en periódicos o libros, Paco fue niño de la España del hambre, la escasez y el estraperlo. Un tratamiento médico, equivocado y de caballo, que le propinaron en su infancia, dejó tal secuela de dolencias que arrastraría para siempre y con las que conviviría toda su vida.
Encuentros con Paco
Mi relación con Paco Umbral estuvo, a lo largo de más de 30 años, en cualquier caso, marcada por los altibajos, la óptima relación personal con él y con su mujer, España, la consideración y el afecto, que incluso me llevó a ayudarles a regularizar su encuadramiento en alguna organización profesional; y alguna que otra discrepancia de índole política. Este abajo firmante se ha instalado ya en la resignación ante la hostilidad o la indiferencia de tanta gente en un país que sigue siendo esencialmente franquista, que ha metabolizado los hábitos totalitarios que empaparon durante medio siglo el subsuelo sentimental, intelectual, social, político, colectivo, de los españoles, y en el que aún resultan difíciles de digerir discursos equivalentes a los que imperan en cualquier país democrático avanzado. Bien es verdad que Umbral era, antes que nada, un escritor cercano a lo libertario, devoto de sí mismo, en la medida en que su devoción era, en muchos casos, una mera actitud de defensa propia. “Lo que he sido en política es tonto útil (la vieja etiqueta que el franquismo adjudicó a los compañeros del viaje del PCE). Yo fui un niño muy pobre, lo pasé muy mal, pasé mucha hambre”, me decía (LEER, número 134) hace cinco años.

Encuentros, coincidencias, muchas, especialmente en foros de defensa de la libertad en años políticamente sombríos. Discrepancias, también. Mantenía, por ejemplo, una extraña relación de love and hate (amor/odio) hacia lo leonés, hacia ciertos leoneses. Seguramente se burlaba de quienes le achaban haber colaborado muy joven en alguna provinciana radio de Falange desde quienes en la misma época se beneficiaban de los patronazgos de otras instituciones del franquismo. Gran devorador de poesía, era complaciente con poetas como Antonio Colinas, Antonio Gamoneda, de quien se declaraba admirador, o –muy especialmente– de Agustín Delgado, colaborador de LEER, a quien consideraba uno de los poetas más relevantes de España.
No me resisto a reproducir unas líneas de mi comentario de aquel verano de 2002 : “Umbral son muchos, tantos como sus estados de ánimo. Admira, provoca estupor, escandaliza, desasosiega, imita, puede ser sublime, con fogonazo de genio –aquel chispazo juanrramoniano: ‘me olvido de ti/pensando en ti’–, capaz de encerrar en seis palabras la verdad más densa y oscura que se le escapa al resto...”.
“En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte”. Fin de la cita de ‘Leyenda del César Visionario’. Llegué a comentarle si su título tenía algo que ver con el libro ‘La ambición del César’ (biografía de Felipe González escrita por este Editor con Amando de Miguel) y se rió. Acaso se trataba de un favor, o de una burla, o de ambas cosas.
Haro Tecglen
Sorprendía, ciertamente, su veneración, sus desmesurados elogios hacia el “maestro” (sic)
Eduardo Haro Tecglen, fallecido a los 80 años en octubre de 2005. Alguien llegó a decirle: ¿A qué vienen esos elogios tan encendidos tuyos, Paco, a un señor que es una síntesis de impostor, fascista y gangster? Respuesta de Paco a tan terrible definición: sí, es una bestia, por eso de vez en cuando hay que echarle un cordero para aplacarle...
Precisamente, sobre Haro Tegclen –entre otros muchos– acaba de aparecer un libro de César Alonso de los Ríos, en el que se habla largo, tendido y muy críticamente del autor de ‘El niño republicano’.
Precisamente Alonso de los Ríos, contemporáneo de Umbral, fue compañero suyo en el periódico que dirigía Miguel Delibes, ‘El Norte de Castilla’, donde coincidieron, Paco con sus textos más o menos literarios y César Alonso en un suplemento semanal, ‘El caballo de Troya’, que contaba con dos colaboradores principales: el propio César y José Jiménez Lozano, que también sería en el futuro Premio Cervantes, como Umbral.
El libro, de recientísima aparición, es ‘Yo tenía un camarada. El pasado franquista de los maestros de la izquierda’ (Altera, Barcelona, 2007). Bajo el epígrafe de la canción (una remake falangista de una balada patriótica alemana), que merecerá un más detallado comentario, ahora me centraré en la forma en la que su autor despedaza materialmente, como una mezcla de cirujano y ángel exterminador, a Haro Tecglen, que se fabricó una biografía fantástica sin nada que ver con su itinerario real de fascista y franquista entusiasta hasta bien entrada la Transición. Su artículo “Dies irae”, publicado el 10 de noviembre de 1946 en ‘Informaciones’ para conmemorar la muerte de José Antonio, no tiene desperdicio. Es un texto característico de esa prosa falangista rebosante de metáforas y amaneceres, para recordar “la muerte del Capitán de España (...). Se nos murió el Capitán pero el Dios misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco”. Etcétera.
Peor es el relato que César Alonso hace de la época de Haro, casi cuarentón ya, como director del periódico ‘España’ de Tánger. Y, posteriormente, como subdirector de ‘Triunfo’, donde coincidió con nombres como los de Víctor Márquez Reviriego, Manuel Vázquez Montalbán o el del propio César Alonso. El relato resulta sencillamente escalofriante. Del libro nos ocuparemos con más detalle en una próxima ocasión. |