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La tendencia de los escritores de cambiar de identidad a favor de seudónimos, heterónimos e, incluso, apócrifos es tan antigua como la propia literatura. Quizá se deba la naturalidad con que lo han hecho a través de los siglos, independientemente de su nacionalidad, a que en el inefable territorio de lo literario no es preciso personarse en el registro civil y perder el tiempo con papeleos (...)
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