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Septiembre 2007
Año XXIII
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Jacinto Benavente,
las caras ocultas de un Premio Nobel
por Javier Huerta Calvo
El centenario del estreno de Los intereses creados, considerada una de las piezas maestras del teatro contemporáneo, es un buen pretexto para reivindicar los valores de su autor, no sólo como renovador de la anquilosada escena española del fin de siglo, sino como precursor en el tratamiento de temas hasta entonces vedados para el gran público, como la homosexualidad. En la estela de Shakespeare y Whitman, y antes que Federico García Lorca, Benavente fue el primero en llevar a los escenarios el llamado amor oscuro.

Junto a Luces de bohemia, La casa de Bernarda Alba y alguno de Arrabal o Buero, Los intereses creados es uno de los pocos títulos españoles que se reseñan en el prestigioso International Dictionary of Theatre (Chicago/Londres, 1992). Nos tememos, sin embargo, que el centenario de esta magistral farsa pasará bastante inadvertido. Parece como si el nombre de Benavente causara rechazo tanto en la izquierda, que no le perdona su vergonzante claudicación al franquismo, como en la derecha, incapaz de asumir con orgullo una tradición cultural de signo liberal y laicista (...)
Jacinto Benavente:
“Mejor que crear afectos es crear intereses”

Una Auténtica Entrevista Falsa
de Víctor Márquez Reviriego

Allá a finales del siglo XIX, el año 1897, fui un día con Ricardo Baroja al Café de Madrid, hoy desaparecido, que estaba entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Este Baroja era paisano mío, de Huelva, porque había nacido en Riotinto, donde su padre, el ingeniero don Serafín Baroja, empezó la explotación de la mina de cobre a cielo abierto, que muy pronto comprarían los ingleses.

Ricardo me invitó a café, y estuvo hablando con el camarero, que se quejaba de algunos clientes en aquella tertulia de escritores:

–Verá usted, señorito, estos son malos parroquianos. Vienen a mi turno alrededor de 20, y menos seis o siete, pongamos diez, que toman café, los demás se beben su vaso de agua y santas pascuas.

En esto se presentó un caballero muy bien vestido, como de unos 30 años –que para aquellos tiempos era casi mucho–, y los contertulios le cedieron sitio en el centro del grupo. Era de pequeña estatura, de cara demacrada y morena, llevaba perilla y bigote mefistofélico. Dejó su sombrero sobre el respaldo del diván.

Era prematuramente calvo y, para disimular su escasez de pelo de manera más alegórica que real, un delgado mechón partía de una sien y cruzaba la descampada frente hasta la otra sien. Mordisqueaba constantemente un enorme cigarro puro. Muy refitolero en el decir y de ademanes delicados, era escuchado con atención respetuosa (después contaré yo por qué, pues Ricardo no me lo dijo entonces). Hablaba en voz baja, y casi no podíamos oírle; pero se notaba que las frases de aquel señor tenían la virtualidad de rebajar el tono de la conversación y hacerla confidencial.

Era don Jacinto Benavente (...)

Estudio David Navarro