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184 |
Julio-Agosto 2007
Año XXIII |
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La Conversación
Jacobo Siruela, el buen gusto como oficio
por José Luis Gutiérrez |
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Plática en Liria. O el conversador abrumado por el contertulio, su entorno, por el escenario de siglos, sangres y abolengos viejos, el universo de bastardos, majas, majos, bailaores, toreros, toreadores, diplomáticos, hombres de Estado, hombres del rey, el fulgor de la riqueza tan armoniosamente contenida para evitar la ofensa ominosa al resto de los mortales, la silueta alta, delgada, esbelta, rematada por el denso penacho blanco de su cabellera larga, con ese elegante descuido de aristócrata rural inglés, atuendo de algodón beige, fibras naturales, linos, estambres, como de cuerpo expedicionario.
Sólo su nariz levemente respingona, aproximadamente plebeya –la misma que la de su egregia madre–, de improbable bebedor de whisky, se desentiende del conjunto de su silueta impecable, elegantísima.
Otro visitante de este confesionario, Michi Panero –prematuramente desaparecido–, acostumbraba, en tiempos de su muy efímera apoteosis –martirizado coleccionista de dolencias muy severas que le llevaron a la tumba–, a burlarse, tan injusta como ácidamente, de este contertulio de hoy, al que acusaba de imitar su espléndida cabellera, también frondosa, ondulada, muy Richard Gere, también prematuramente blanca. Es Jacobo Fitz-James Stuart, conde de Siruela.
Se adentra en la regia biblioteca, casi un escenario de vodevil rococó de estucos turquesa si no fuera porque todo en la estancia, en el vasto porche, en el apacible y cuidadísimo jardín, todo en el palacio rezuma esa autenticidad desganada de lo que no precisa registros ni sellos notariales.
Allí, en el palacio del siglo XVIII, cuidada, primorosamente reconstruido tras la Guerra Civil, se adivina la presencia de guardesa implacable de la duquesa. Hablamos, obviamente, de su madre, de Cayetana, XVIII duquesa de Alba, la noble más noble del mundo, dieciocho, veinte, yo qué sé las veces que es Grande de España, que otorgó títulos a sus seis hijos, todos ellos con Grandeza, descendiente de una rama bastarda de los Estuardo de Escocia, que reinarían en Inglaterra, de los reyes de Portugal, del conde-duque de Olivares, de Cristóbal Colón… Y una de las fortunas más importantes de Europa, del planeta, de quien se decía se podía cruzar España de Norte a Sur, de Oeste a Este, sin abandonar sus posesiones, fincas, sus palacios y castillos y dehesas.
Esta mujer, acaso mano de acero enfundada en guante de finísima seda, cuida con esmero, disciplina y dedicación la Fundación que acoge el patrimonio artístico privado más importante de España: obras de Goya, que pintó a otra duquesa de Alba, con aquella efigie como de madera que desmentía la belleza que le atribuían los cronistas; Velázquez, Tiziano, Rubens, cientos de cuadros de incalculable valor, Zuloaga, cuyo retrato del duque de Alba, primer esposo de Cayetana –que fue tentada por el mismísimo Picasso para posar para una versión suya de La maja desnuda, tentativa que el duque de Alba no autorizó–, preside la biblioteca. Al otro extremo, un gran busto en bronce de Alfonso XIII, debido a los cinceles de Mariano Benlliure. Y tal diligencia se aprecia en el césped recortado con mimo más propio de peluqueros, hasta las blanquísimas, inmaculadas chaquetas de servidores y criados.
Su más primigenia raíz se remonta a la Castilla de Juan II, quien otorga el señorío de Alba de Tormes al entonces obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo, don Gutierre Alvarez de Toledo (1376-1446), adornado con un primer antecedente de un apellido tan ferruginoso como el de quien esto escribe, vaya por Dios, hasta llegar a García Alvarez de Toledo, primer duque de Alba (1472).
Pero, ¿qué interés informativo tiene este hombre joven (53 años), esbelto, que sugiere en principio una timidez contenida y, a medida que transcurre la conversación, se transforma en la actitud de una persona extremadamente reservada, empeñada en preservar un mundo interior propio, en el que no permite las incursiones de desconocidos? Discreto, apacible, elegante, humilde –”sé un poco de muchas cosas y mucho de nada”–, buen padre, mejor gente, deambula en palacio entre las caobas gastadas y señoriales del mobiliario, las escribanías de plata, los tesoros abrumadores –la correspondencia personal de Cristóbal Colón, su antepasado, una preciosa edición de la Biblia políglota de Cisneros, obra para la cual el cardenal intentó, infructuosamente, contratar los servicios de un “director” europeo de renombre, Erasmo y su “non placet Hispania”, categórico desaire del que acabaría arrepintiéndose el de Rotterdam–, la invisible e inconmovible presencia de Sabatini, Villanueva, egregios nombres del cartabón y la escuadra.
Jacobo, acaso en un atardecer sombrío sugeriría la estampa de un predicador venido de ultratumba, un apuesto licántropo, un vampiro de modales extremadamente refinados, como el caballista bíblico muerto, galopando un caballo blanco, el Jinete Pálido (Clint Eastwood), el cowboy muerto que habla en The streets of Laredo (Johnny Cash). No es, por tanto, extraño que, cobijado bajo una cita de Percy B. Shelley (“La belleza tempestuosa del terror”), Jacobo se atreviera a prologar uno de sus libros, El vampiro (Siruela; Madrid, 2001), con un largo, preciso y estimable texto de entonaciones borgianas (Borges, uno de sus autores de cabecera), “Imaginar el vampiro”.
Manos largas, finísimas, como las patas de una garza real, traslúcidas –condesa de Piedeconcha, título quizá apócrifo de su madre, cuyo emblema heráldico es la pata de un ánade–, que acarician el mástil invisible de un instrumento, hombre sensible en extremo su propietario, sin duda, pintor antes, después editor ciertamente original, y, lo más insólito, rico como consecuencia de su propia aventura editorial con la que, según sus burlonas palabras, rompió “el karma familiar”: 500 años sin trabajar, viviendo de las rentas del mastodóntico patrimonio de la familia. ¿Qué decir, sobre qué hablar con Jacobo Siruela que no esté ya dicho, que no esté ya hablado, que no esté ya archipreguntado? ¿Acaso recordar sus años de hippy, de miembro de la flower generation californiana?
Los argots periodísticos son abundantes en metáforas de sastrería –tijera de censores, cajón de sastre…–, y la “percha” informativa que justifique una comparecencia ante los media es sin duda el epígrafe más socorrido para justificar un encuentro con Jacobo Siruela, rebasada ya la etapa de su inicial osadía de transformar su Condado en una sociedad anónima, y de una editorial, para más señas.
Cómo es Jacobo. Ya está dicho. Reservado, discretísimo, educadísimo, antropológicamente en las antípodas de quien suscribe, con sus aires del Tadzio de Mann-Mahler-Visconti (Muerte en Venecia) ya adulto, que ensaya un imperceptible movimiento hacia atrás que interpreto como de recelo o de desconfianza, acaso para distanciarse de este conversador ante una pregunta ligerísimamente pasada de decibelios o de entusiasmo o vehemencia gestual. O quizá levemente desalentado porque su entrevistador no se adentra en un cuestionario de preguntas innumerables derivadas como arborescencias secundarias de sus incontables entrevistas recogidas en la prensa, a lo largo de sus años de editor.
Terminante, incuestionablemente independiente, privilegiado señor capaz de vivir en libertad, sin duda. Rechaza el abrigo familiar. Pide dinero prestado y la editorial Siruela se pone en marcha. La vasta curiosidad de su creador, su intuición sobre los relatos medievales –”si me interesan a mí, seguramente le interesarán a más gente”–, es el primer peldaño que, posteriormente, en un país de plagiarios, daría lugar a la apoteosis de novelas históricas, pseudohistóricas, medievales, con su corolario de filmes de similar entonación.
Por mi parte, pediré prestado a Galvano della Volpe la paráfrasis de su Crítica del gusto para clasificar a Jacobo: crítica del buen gusto, para un personaje sobre cuyo itinerario y existencia podría reescribirse todo un tratado de materialismo dialéctico, un remake a la viceversa del Servant de Losey en el que la aparentemente exhausta clase aristocrática inglesa no sólo no sucumbe sino que se revitaliza a través del esfuerzo, la dedicación, el trabajo y la abrumadora overdose de buen gusto, transformada tal sobredosis en un floreciente negocio que llegó a facturar más de mil millones (de las antiguas pesetas) anuales, y vendiendo libros, nada menos, misión cuasi imposible.
Editorial Siruela, S.A., vendida provechosamente al copioso editor salmantino Germán Sánchez Ruipérez y su sobrina Ofelia por una inconmensurable cantidad –en medios editoriales se habla de una cifra cercana a los 1.200 millones de las antiguas pesetas– para, posteriormente, volver a fundar otra, de entonación similar pero distinta: Atalanta. Casado con María Eugenia Fernández de Castro, dos hijos, Brianda y Jacobo, que atienden solícitos y dispuestos la minúscula caseta de la Feria del Libro madrileña de nueva editorial de su padre. Divorciado, vuelto a casar con una colega, la periodista Inka Martí, reside en una esplendorosa masía en el Ampurdán, donde reconcilia la ofimática de la sociedad de la información y los ordenadores de su editorial con tres caballos, perros, gallinas y otros entretenimientos de la sedicente aristocracia rural.
Muy brevemente, tu entrada en esto de los libros ya es conocida… (…)
(Texto íntegro en la edición impresa) |
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