Créanme que uno de los mayores engorros con los que se encuentra a diario alguien que se dedica al curioso oficio de recomendar lecturas, no es tanto que la novela haya muerto –defunción a la que hemos sobrevivido sin demasiados aspavientos y sin derramar más lágrimas de las debidas; entre otras cosas porque, paradójicamente, cada vez se publican más títulos y aún quedan bastantes autores con el rigor y el criterio suficientes (…)
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