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Mayo 2007
Año XXIII
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La Conversación
Cubanísimo Rivero
La casa que recibe y acoge al conversador -edificio impersonal, arquitectura años 50, grisácea y sin relieves, tenue confort muy clase media, céntrica y muy comercial calle de Madrid- tiene en esta ocasión un inequívoco aire de provisionalidad en su decoración sucinta y apresurada, como si sus propietarios acabaran de instalarse en algún lugar que no consideraron suyo, ni siquiera definitivo, tras descender, viajeros atribulados, del pescante de su penúltimo tren.

Una mesa de madera larga y horizontal -sobre la que reposa uno de los ordenadores de la casa-, un par de sofás de color incierto, la luz desabrida del techo ni siquiera matizada por los cálidos tonos de una pantalla de luz indirecta.

No resultará fácil iniciar la plática con semejante hablador, son tantos los aspectos sobre los que conversar. ¿Por dónde comenzar? ¿Cómo traspasar ese punto de bendita obesidad desconcertada, quizá de tanto nerviosismo ante lo inesperado de la libertad, de las dietas tentadoras y excesivas para quien, sin mecanismos de defensa, llegó estupefacto a las sobremesas ilimitadas del Occidente cristiano procedente de la frugalidad a punta de pistola y de cartilla de racionamiento?

El aire libre cobrado, que no recobrado, pues nunca fue antes ni sentido ni vivido por este hombre súbita, acaso prematuramente encanecido para su condición de sexagenario recién llegado, que apenas unos pocos años antes (2000: Ojo, pinta. Pintores Cubanos en el Período Especial, un recorrido por la nómina de pintores inconformes) aún lucía el aspecto de un galán hispanoamericano, refinado y displicente, de abundosa cabellera castaño claro. Acaso diciendo: quiero a este hombre, que ha sabido mezclar tan sabiamente tantas cosas hermosas para las que está tan feliz e inusualmente dotado, para mezclarlas en su matraz como un chamán virtuoso y así procurarse cada día su ración de sonrisas -tristes sonrisas- y de supervivencia. Estoy ante el mejor poeta vivo de Cuba, "el primer poeta cubano" (Guillermo Cabrera Infante), ante "el periodista de estirpe y autor de poemas cubanísimos" (Eliseo Alberto), ante el cronista de humor alegre y perfumado como las maderas y las flores y las frutas lujuriosas de su tierra: "Acabo de no ir otra vez a España. Ahora donde no llegué fue a Logroño, a las Jornadas de Poesía de mayo. Soy uno de los ciudadanos del mundo que más ha dejado de ir a España. Allí publico mis libros y mis artículos... Sí. Esta es una leve reseña del viaje a Logroño que me prohibió el Gobierno Revolucionario de la Isla" (21 de mayo de 2002).

Comparto con él las mismas páginas del mismo periódico (El Mundo), en cuya Redacción se deja fotografiar pacientemente para LEER, donde cada sábado trae su prosa distinta y suntuosa, repleta de música y sonidos inusuales en los ordenadores de las Redacciones de España. En su sabatina inesperada y magnífica, este hombre puede rescatar la sombra y el verso de un poeta airado, el ya desaparecido mexicano Efraín Huerta y sus poemarios de angry old man, al que frecuenté en mis años aztecas, a Pérez Prado (¡uuh!), chaparrito con cara de foca (Celia Cruz), que inventó el mambo que las provoca, que a las mujeres las vuelve locas.

Porque ni siquiera su saludo, amigable, cálido, sonriente, fraterno -"Cómo estás, mi hermano"-, aminora la reverencia y el reconocimiento hacia quien, por su recalcitrante y tozuda manía de ser, pensar y vivir sin grilletes, acumula tantos padecimientos que empequeñecen y relativizan los propios y que pasan por tanto a convertirse, a pesar de las dos décadas de persecución simulada, taimada, sufrida por este conversador, en poco más que incómodos avatares domésticos.

Su condena de 20 años de cárcel por traición a la Patria (!), sus años de cárcel, la minúscula mazmorra, tres pasos adelante, tres atrás, recorrida miles, acaso millones de veces, yenka siniestra para no acabar paralítico, loco o ambas cosas a la vez, que acaso hubiera considerado entonces como una liberación aquellos atroces castigos legionarios: y ahora, a fregar el larguísimo pasillo con un cepillo de dientes.

Raúl Rivero Castañeda. Morón, Camagüey, Cuba, 1945. Ex revolucionario cubano. Ex entusiasta del régimen. Ex preso político. Ex ex. Laureado, reconocidísimo poeta, célebre disidente, periodista pugnaz.

Las circunstancias que aconsejan conversar con este hombre son diversas y de distinta naturaleza.

El ministro de Exteriores español, Miguel Angel Moratinos, acaba de realizar una controvertida visita política a su país, Cuba. Y él mismo cuenta con un libro de reciente aparición -Vidas y oficios.

Los poemas de la cárcel (Península; Barcelona, 2006)- y prepara otro, en prosa, que verá la luz próximamente, en la misma editorial: Crónicas de la cárcel.

"Nací en un pequeño pueblo del Norte de la provincia de Camagüey, en Morón. Allí hay una gran tradición literaria, muy buenos periódicos, excelentes emisoras de radio. La mayoría de los grandes locutores cubanos son de allí. Es, además, una provincia de dinero, con muy buena ganadería".

Cuando yo era niño, Raúl, eso de Camagüey sonaba mucho en las radios, porque entonces a la "salsa" no le decían "salsa", sino ritmo "afrocubano", y había un tal Carlos Argentino, y un tal Pío Leyva... (...)

(Ver texto íntegro en la edición impresa)



Estudio David Navarro